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Mérida, YucatánArquitecturaTemplo100 Joyas

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Icono sagrado de Mérida

Sintetizar el devenir histórico y el valor arquitectónico de la Catedral de Mérida en unos cuantos párrafos resulta una tarea difícil. A lo largo de los siglos, cronistas, historiadores y críticos de arte han puesto la mirada en ella y escrito textos de primera magnitud sobre el que es, sin duda, el monumento más representativo e icónico de la capital yucateca.

En buena medida, la historia de la Catedral comienza con la propia fundación de la ciudad, el 6 de enero de 1542. Fray Diego López Cogolludo escribe que, inmediatamente después de fundar la ciudad, Francisco de Montejo “El Mozo” ordenó al padre Francisco Hernández, su capellán y el primer párroco de Mérida, que “en lo mejor de la traza, que en la dicha ciudad se hiciere, tome sitio y solar para hacer la Iglesia Mayor, adonde los fieles cristianos oigan doctrina y se les administren los sacramentos”. El fundador puso bajo la advocación de Nuestra Señora de la Encarnación aquella primigenia iglesia meridana, antecedente más remoto de la actual Catedral.

Si bien desde 1519 la corona española pidió y consiguió del Papa la creación de un obispado en los recién descubiertos territorios de Yucatán, no fue sino hasta 1561, tras una nueva solicitud de la Corona, que por bula del papa Pío IV, fechada el 16 de diciembre, se elevó la iglesia parroquial de Mérida al rango de Catedral, poniéndola bajo la advocación de San Ildefonso de Toledo y designándose a fray Francisco Toral como el primer obispo residente de la diócesis de Yucatán, Cozumel y Tabasco.

Los pocos recursos disponibles retardaron el inicio de las obras de construcción. Lentamente, se fueron abriendo los cimientos y se comenzaron a levantar los muros del titánico proyecto catedralicio. Tocó a fray Gregorio de Montalvo, tercer obispo de la diócesis, dar por finalizadas las obras del templo, el 4 de noviembre de 1598. A partir de entonces, se sucederían innumerables tareas de construcción de altares, retablos, capillas y piezas accesorias, así como la adquisición de enseres y ornamentos litúrgicos, campanas, órganos y un sinfín de objetos más que, a lo largo de los siglos, fueron conformando el tesoro artístico de la Catedral.

Las obras de edificación estuvieron a cargo de los arquitectos Pedro de Aulestia y Juan Miguel de Agüero, quien, en opinión del historiador Manuel Toussaint, es el hombre clave y el arquitecto más relevante del templo meridano. La de Mérida fue la única catedral del Nuevo Mundo que se concluyó en el siglo XVI, lo que la convierte en el recinto catedralicio más antiguo de México y el segundo de América, después de la de Santo Domingo.

La Catedral de Mérida sorprende por la sencillez y racionalidad de su arquitectura. Puede ser catalogada como de estilo renacentista-manierista español. La fachada principal se compone de tres grandes cuerpos que se corresponden con las naves interiores. En general, la arquitectura del templo responde a soluciones eminentemente geométricas y efectistas, con zonas fuertemente delimitadas de luz y sombra y gusto por las grandes masas cúbicas.

En el cuerpo central, un gran arco triunfal ocupa buena parte de la fachada. En él se halla un pórtico de estilo corintio, con cuatro pilastras estriadas sobre las que descansa un frontón; sirve de marco a la puerta mayor o Puerta del Perdón, hecha con gruesos tablones de madera y tachonada con clavetones y aldabas de diseño fantástico-simbólico.

En medio de las pilastras, a cada lado de la puerta central, se ubican sendas hornacinas que contienen, respectivamente, las robustas esculturas de los apóstoles San Pedro y San Pablo, cada uno portando los símbolos propios de su iconografía tradicional: los libros del Evangelio, las llaves del cielo y la espada. Los accesos laterales están señalados con sencillos frontones sin pilastras que evidencian la estirpe manierista del edificio.

Sobre el pórtico central se abre la ventana del coro y, en la parte superior, destaca un magnífico escudo tallado en piedra, ornado con motivos vegetales afiligranados. En la base del escudo se ubican dos cartelas con inscripciones latinas en las que se deja constancia del monarca que reinaba cuando se terminó la obra y del año de su conclusión. Traducidas al español, dicen:

“Felipe II, por la Gracia de Dios rey de España y las Indias” y “Año de la Natividad del Señor 1599”.

Hacia 1824, las armas reales fueron eliminadas y en su lugar se colocó el emblema del Imperio Mexicano, conformado por un águila coronada posada sobre un nopal, tal como se conserva hasta la actualidad.

La Catedral cuenta con dos torres, de tres cuerpos cada una, que se elevan hasta los 43.50 metros de altura. Se accede a ellas por medio de escaleras helicoidales o de caracol ubicadas en el interior de los cubos que les sirven de base. La torre norte alberga las campanas del templo, cada una de las cuales está dedicada a algún santo en particular.

La más antigua es la de Santa María y San Ildefonso, fundida en 1618 y obsequiada a la Catedral por el Dr. Pedro Sánchez de Aguilar, criollo yucateco originario de Valladolid. Tiene un peso aproximado de 1,600 kilos.

La campana mayor tiene el título de Santa María de Guadalupe, pesa 1,800 kilos y fue consagrada en 1980. Otras campanas son las de Nuestra Señora del Rosario y la del Patriarca San Joseph, de los siglos XVII y XVIII, así como algunas más recientes dedicadas a San Ildefonso, San Bernabé y la del Ángelus.

La torre sur se encuentra en desuso y actualmente no alberga campanas. En ella destaca la carátula del antiguo reloj público del templo, fabricado en Londres en 1731, al igual que un curioso balconcillo que servía al relojero para realizar su trabajo y vigilar el correcto funcionamiento del instrumento.

La planta arquitectónica de la Catedral es de tipo basilical o de sala con naves, con dimensiones de 66.75 metros por 31.30 metros. La altura de sus bóvedas es de 22.27 metros, mientras que la cúpula central se eleva 33.60 metros. Se divide en tres naves, delimitadas por 12 columnas de orden dórico correspondientes a otras 16 medias columnas, adosadas a los muros, que soportan arcos fajones de medio punto, ejecutados en cantera, sobre los cuales descansan 20 bóvedas vaídas o de pañuelo.

La cúpula —en opinión de Manrique, la primera construida en el continente— se ubica en el quinto tramo de la nave central. Es de media naranja y está rematada con una linternilla. Depende de manera muy clara del modelo del Panteón romano, tiene como éste un falso tambor estabilizador por fuera y el mismo número de casetones en el interior; se apoya sobre pechinas y tiene una corona de ventanas en la parte baja. Tanto la nave central como la cúpula y las bóvedas del crucero están ornadas con casetones de primorosa cantería.

El sistema constructivo de la cúpula es llamado bóveda por crucero y destaca por ser diferente de las bóvedas tradicionales. Se pueden observar soluciones similares únicamente en España –en la región de Andalucía, específicamente en Sevilla– y en México, siendo la Catedral de San Ildefonso el ejemplo más representativo.

Los maestros constructores andaluces del siglo XVI que experimentaron con las formas constructivas góticas lograron una notable evolución en el trabajo de la piedra, que posteriormente fue adoptado en América. Este complejo sistema estructural consiste básicamente en formar con las piezas de piedra arcos sucesivos de distintas curvaturas que se cruzan en dos sentidos, logrando así un diseño reticular que resulta en los casetones tan característicos.

Como en todas las catedrales de tradición hispana, la Catedral de Mérida contaba con un coro central, destinado para albergar la sillería del obispo y los canónigos. El coro fue estrenado en la noche de Navidad de 1663 y durante el siglo XVIII fue objeto de constantes mejoras. La sillería era de estilo barroco, conformada por dos niveles de sillas para los clérigos, decoradas con altorrelieves que representaban a diversos santos, tribunas para los músicos y cantores, así como dos órganos tubulares, uno a cada lado. Este coro fue desmantelado de su ubicación central en 1810, conforme al proyecto de mejoras del templo presentado por el arquitecto italiano Francisco Zápari.

El altar mayor del templo catedralicio contó con un primer retablo de principios del siglo XVII, de tres cuerpos y remate, de “muy vistosa arquitectura”, con nichos para esculturas de santos y tableros de pinturas. Posteriormente, este antiguo retablo fue sustituido por uno más suntuoso, de estilo barroco estípite, estrenado el 8 de septiembre de 1762. En 1821 se estrenó un nuevo altar mayor, conformado por un ciprés o baldaquín de líneas neoclásicas y enriquecido con láminas de plata labrada, diseño del arquitecto José Poblaciones. Estas obras, al igual que los retablos laterales y las capillas adosadas, engalanaron las amplias naves de la Catedral hasta 1915, perdiéndose prácticamente en su totalidad la noche del 24 de septiembre de aquel año, cuando el histórico templo fue asaltado y saqueado, permaneciendo incautado y cerrado al culto por espacio de tres años.

Una vez devuelto el templo a las autoridades eclesiásticas, comenzó la paulatina reconstrucción del interior emprendida por el arzobispo Martín Tritschler y Córdova, quien hizo instalar cuatro nuevos retablos laterales de estilo neoclásico, obras del escultor yucateco Francisco Mena Valdés. Dos de estos altares, con ciertas modificaciones, se conservan hasta la actualidad.

El mismo prelado encargó al destacado arquitecto Federico E. Mariscal un proyecto para la renovación del presbiterio y altar mayor, de gran envergadura, que, finalmente, no pudo llevarse al cabo.

Años después, el arzobispo Fernando Ruiz Solórzano fijó su atención en el presbiterio de la Catedral que seguía vacío, sin un retablo o altar digno del mayor templo de la arquidiócesis. Ordenó entonces la construcción de un Cristo de monumentales proporciones, obra del escultor español Ramón Lapayese del Río, tallado en madera de abedul con una altura de 7.65 metros. El Cristo descansa sobre una cruz de 13 metros, diseño del propio Lapayese y realizada por maestros artesanos yucatecos.

Después de ser presentada la obra en la parroquia de Guadalupe de Madrid, España, a inicios de 1967, la enorme escultura fue embarcada hacia su destino final en el presbiterio de la Catedral de Mérida. Fue bendecida en una multitudinaria ceremonia el 10 de octubre del mismo año, con el nombre de Cristo de la Unidad. Del mismo autor son las 14 estaciones del Viacrucis del templo, realizadas en planchas metálicas sobre placas de mármol blanco.

Entre las piezas más notables de arte sacro que posee actualmente la Catedral de Mérida, se encuentra el enorme óleo de la Virgen María en su advocación de la Inmaculada o Tota Pulchra, ubicado en uno de los muros de la nave sur, pintado por fray Miguel de Herrera en 1730, que perteneció al hoy desaparecido Convento Grande de San Francisco. Son notables también las esculturas estofadas de San José y de la Inmaculada Concepción, ambas del siglo XVIII y de posible origen guatemalteco.

De tiempos más recientes es la imagen del Señor de las Ampollas, venerada en su capilla propia, esculpida en 1919 para sustituir a la original del siglo XVII, destruida durante el atentado de 1915. La escultura que hoy existe del santo patrono de la Catedral, San Ildefonso de Toledo, data de 1930. Está tallada en madera de cedro, policromada y enriquecida con pedrería incrustada en los ornamentos pontificales que revisten al santo. Es un obsequio de la señora Cristina Millet de Vales y obra del escultor Antonio Vila, quien tenía su prestigioso taller en el número 15 de la Avenida Puerta del Ángel de Barcelona, España.

Uno de los nichos del retablo de la Santísima Trinidad resguarda la notable imagen de Santa Eulalia, patrona de Mérida, España, obra del escultor Juan de Ávalos, obsequiada a la Catedral en 1949 por el cura de aquella población, presbítero César Lozano Cambero.

El coro alto o coro de cantores se edificó en 1904 para albergar un magnífico órgano tubular, de origen alemán, que fue destruido durante el saqueo de 1915. El órgano actual fue construido en 1938 por el ingeniero Alfredo Wolburg.

Finalmente, en las capillas, sacristía, oficinas y otros espacios del conjunto catedralicio se resguarda una interesante colección de pinturas de los siglos XVII al XX. Destacan la galería de retratos episcopales de la Sala Capitular y el cuadro de Nuestra Señora de Guadalupe, obra del pintor novohispano Miguel Cabrera, que ocupa un sitio especial en aquel salón.

Estamos ante la edificación más emblemática del sureste mexicano, símbolo monumental de la conquista espiritual y de la creación de un nuevo asentamiento humano que luego se convertiría en la Mérida de Yucatán. La Catedral de San Ildefonso tiene una presencia siempre imponente a través de las transformaciones de la ciudad en el tiempo y su acontecer histórico. Sus elementos arquitectónicos y artísticos, así como su relación con la sociedad con la que convive, la convierten en una pieza clave sin la cual no podríamos comprender nuestro devenir cultural.

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