Grupo Megamedia · Diario de Yucatán
Ubicación
Maravilla arquitectónica de tres torres
Peculiar, única en la geografía yucateca por sus tres atalayas o torres, la iglesia de Yaxcabá se yergue majestuosa en el corazón de una comunidad fundada en el siglo XV por un sobreviviente del linaje maya de los Cocom.
El templo, puesto bajo la advocación de San Francisco de Asís, se habría comenzado a construir en 1730, según el Catálogo de Construcciones Religiosas de Yucatán. Para el historiador Miguel A. Bretos, la edificación se realizó un poco después, a mediados del siglo XVIII.
A mediados del siglo XVI, en lo que ahora se conoce como la ermita, que también está en el centro del pueblo, habría existido una primitiva iglesia construida con palos y palmas de la que no se conserva vestigio alguno.
El antropólogo estadounidense Alfred Marston Tozzer, en su traducción de la Relación de las Cosas de Yucatán, de Diego de Landa, afirma que durante la segunda mitad del siglo XVI en esa antigua capilla se continuó la antigua práctica, clandestina ya en esos años, de ofrendas de animales e incluso de personas. El cacique del pueblo, Pedro Euán, indica, “había tenido el oficio de sacrificar, tanto a hombres como niños, en honra de los ídolos” y llevó al cabo la inmolación de un joven que llegó de Tekax, de nombre Francisco Cauich.
Yaxcabá, se apunta en el Diccionario del español yucateco, significa “agua de la tierra verde”, que proviene de la palabra maya Ya’axkabha’, de la raíces yax (ya’ax), verde; kab (kaab), tierra, y ha’ (ja’), agua.
En 1753, el arzobispo de Yucatán, fray Ignacio de Padilla y Estrada, bendijo las obras de la iglesia, que se abandonaron, al igual que la población, durante la Guerra de Castas, en 1847.
Casi un siglo después, en 1959, el inmueble fue rescatado por los Misioneros de Maryknoll, congregación estadounidense que realizó importante trabajo pastoral en Yucatán.
Esta reliquia del arte sacro se distingue por sus tres torres, que dan una característica especial a la fachada y aun ahora son motivo de admiración, por lo poco común de la tercera atalaya, una obra arquitectónica vanguardista para esa época.
Escenario de las batallas de la Guerra de Castas, este templo erigido por el clero secular es testimonio del esplendor socioeconómico que alcanzó esa región durante el período colonial.
Además de otras piezas de arte virreinal que cobija en su interior, la iglesia de Yaxcabá cobra trascendencia porque en el muro norte se conservan las lápidas funerarias de dos relevantes personajes históricos: el capitán Tiburcio Cosgaya y Solís, muerto durante la sublevación que encabezó Jacinto Canek en Cisteil, pueblo cercano a Yaxcabá, el 20 de noviembre de 1761, y el presbítero Bartolomé José del Granado Baeza y Villafaña, quien fue párroco de la localidad durante casi medio siglo y dejó escritos sobre las costumbres de la población. Falleció el 13 de febrero de 1830, a los 87 años.
Para visitar en su totalidad la impresionante arquitectura de la iglesia de Yaxcabá hay que considerar los horarios de apertura del recinto.
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