Grupo Megamedia · Diario de Yucatán
Ubicación
Destellos de una joya perdida
El hermoso conjunto conventual dedicado a San Miguel Arcángel es el más notable testimonio arquitectónico del pasado colonial de Maxcanú, un pueblo tranquilo y pintoresco a 65 kilómetros al poniente de Mérida, en el que la inmensa mayoría de sus habitantes es indígena y habla la lengua maya.
Al igual que muchas comunidades de Yucatán, Maxcanú tiene sus orígenes en el periodo maya prehispánico, cuando formó parte del cacicazgo de Ah Canul. Posteriormente, durante el proceso de conquista y evangelización, el pueblo fue establecido como doctrina franciscana y encomienda de indios.
Según refiere el notable mayista Alfredo Barrera Vásquez, el topónimo Maxcanú se compone de dos partes: maax, que puede hacer referencia al mono araña o a una especie de chiles silvestres de la región, y Canul, que se relaciona con el linaje que gobernó el cacicazgo maya antes mencionado.
Emplazado en el centro de la población, el centenario convento es uno de los más bellos y mejor conservados de la región. Según refiere fray Diego López Cogolludo, fue fundado en 1603 como guardianía, teniendo como pueblos de visita Kopomá, Hopelchén y Halachó. El templo actual fue construido de 1678 a 1709.
A pesar de que a lo largo de su historia el convento ha registrado diversas modificaciones y pérdidas, resguarda en su interior notables joyas del arte sacro yucateco, entre las que sobresale el gran retablo dorado del altar mayor.
La doctora Bertha Pascacio Guillén, historiadora del arte, ha realizado una acuciosa investigación en torno a esta obra, gracias a lo cual se han podido conocer con precisión los detalles de la construcción del que puede ser considerado como uno de los retablos más bellos de Yucatán, tanto por su calidad artística como por la riqueza de los materiales que se emplearon en su manufactura.
Fue elaborado entre 1778 y 1783, por iniciativa del presbítero Josef González, cura párroco del lugar. El conjunto está realizado en madera de cedro, proveniente de los montes de la hacienda Kochol, que perteneció a la familia del padre González. En su construcción participó todo un equipo de maestros artífices, en los que se incluían carpinteros, escultores, pintores, plateros y doradores, entre ellos los maestros Ignacio Matos, Damián Carbajal, Marcelo Guillermo, Francisco García y el pintor Tomás Salazar.
El de Maxcanú destaca por ser uno de los pocos ejemplos de retablos completamente dorados, recubiertos con hoja de oro, que se conservan en Yucatán. Según apunta la doctora Pascacio Guillén, es posible que para su realización se haya tomado como modelo el antiguo retablo mayor de la Catedral de Mérida, estrenado en septiembre de 1762 y destruido durante el asalto al templo, por tropas del general Salvador Alvarado, en septiembre de 1915.
El conjunto retablístico descansa sobre un zócalo o base en el que destacan los bustos de los cuatro evangelistas. Cuenta con tres cuerpos horizontales, divididos en tres secciones verticales, llamadas calles, y un remate, coronado con una representación del Espíritu Santo en forma de paloma. Originalmente, en los nichos se encontraban hermosas imágenes de santos y arcángeles, entre ellas la del patrono San Miguel Arcángel, cuya festividad se celebra el 29 de septiembre.
Lamentablemente, esas esculturas fueron destruidas en 1915, cuando el histórico templo fue saqueado, destruyéndose muchas de las joyas coloniales que resguardaba. En la actualidad, el retablo cuenta con diversas esculturas religiosas de los siglos XIX y XX.
Esta joya del arte sacro de Yucatán puede ser admirada de manera cotidiana en los horarios de servicio del templo parroquial.
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